Vicente Fidel López

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El hijo del creador de la hermosa letra de nuestro himno nacional
–nacido poco más de tres años después que Sarmiento– es, tal vez, el
más cercano “camarada de ruta” del sanjuanino aspecto que, por lo
general, no se rescata lo suficiente. Compañeros de exilio en Chile
compartieron no solo proyectos y miradas del mundo sino, incluso, la
pieza donde vivir en Santiago. Por fuera de Aurelia Vélez y Mary
Mann, no debe haber otra persona con quien Sarmiento mantuviera una
relación tan estrecha de compañerismo, amistad, confianza y
colaboración intelectual durante varias décadas, aunque –por lógica
tratándose del genio a veces impredecible del sanjuanino y el común
proceso de maduración– si por un lado impulsaron la educación, la
cultura y el periodismo en el exilio trasandino, con el tiempo
atravesaron también tensiones y matices políticos. En breve resumen
señalemos que, respecto de Sarmiento, coincidieron en sus comienzos
periodísticos cuando, en diciembre de 1842 fundaron el periódico El
Heraldo Argentino y se convirtieron en estrechos colaboradores desde
las páginas de El Progreso que dirigía don Domingo. También
coincidieron en fundar juntos, en 1843, el colegio El Liceo en Santiago
de Chile, donde ambos ejercieron como profesores.
López era abogado, recibido en la UBA en 1837, profesión en la
que trabajó en Uruguay como jurisperito y defensor de pobres y

menores desde 1847; en Montevideo trabó especial amistad con
Echeverría. El nuevo escenario político volvió a juntarlos en Buenos
Aires después de Caseros. Liberales de viejo cuño pero con un perfil
proteccionista e industrialista, ambos integraron la francmasonería y
alcanzaron el grado de Gran Maestre de la Gran Logia de Libres y
Aceptados Masones. Vicente Fidel López será rector de la Universidad
de Buenos Aires entre 1874 y 1877, diputado nacional entre1876
y1880, presidió el Banco Provincia entre 1879 y 1883 y fue ministro de
Hacienda de la Nación entre 1890 y 1892 durante la presidencia de
Carlos Pellegrini.
Pero lo que especialmente nos interesa destacar acá –siempre en la
perspectiva de rastrear huellas sobre lo federal y lo unitario en
Sarmiento– es el perfil de López como historiador. Su trabajo más
extenso es la Historia de la República Argentina desarrollada en nada
menos que diez volúmenes, y que fue publicada entre 1883 y 1893. Lo
más destacable de esta obra monumental es la célebre polémica
historiográfica e ideológica que sostuvo con Bartolomé Mitre en 1881
–Sarmiento vivo y plenamente activo aún– sobre las interpretaciones
del pasado nacional: aunque ambos compartían una visión liberal y
porteñista de la historia regional, mientras don Bartolo privilegiaba la
investigación documental estricta y el uso casi exclusivo de archivos
oficiales, documentos públicos y papeles firmados, metodología
investigativa que consideraba así a la historia como una disciplina

“científica” o positivista basada en las pruebas materiales, López
confiaba más en la interpretación filosófica, el juicio histórico y la
reconstrucción intuitiva o narrativa. Aunque utilizaba fuentes, valoraba
la tradición oral (como los relatos de su padre, Vicente López y Planes)
y concebía al historiador como un artista capaz de “resucitar” el pasado.
Esta visión lo acerca por lo tanto mucho más a las narraciones
sarmientinas que a los enjundiosos tomos de Mitre por lo cual lo
podemos presentar sin forzar en nada como otro sesgo “antimitrista”
común con el sanjuanino. 1
Pero dado que señalamos disensos entre Sarmiento y López
dejemos lugar para una anécdota al respecto en la que, entre estos dos
viejos amigos, fue López quien ganó la pulseada. Todo el mundo cree
que el parque Tres de Febrero es obra del cuyano lo que es
absolutamente cierto. Pero, en realidad, Sarmiento quería que se lo
denominara Parque Central Palermo ‒el recuerdo del Central Park de
Nueva York lo seducía más aún que el “paquete” Bois de Boulogne de
París‒ pero López insistió en que el espacio sirviera para conmemorar
la batalla de Caseros, y la propuesta fue rechazada. Claro, la presencia
viva de la casona de Rosas justificaba bien que el nombre de “3 de
febrero” se convirtiera en su simbólica lápida mortuoria y que los
árboles y pájaros, alegorías de la vida, poblaran esos campos donde

1 Vicente Fidel López afirmaba que “la historia y la filosofía de la historia marchan juntas”,
argumentando que los hechos por sí solos no explican el proceso histórico sin un marco de
ideas y comprensión global. Su obra fue criticada por Mitre que cuestionó varios tramos
por su falta de rigor erudito.

había morado la muerte durante tantos años. Otra “derrota” de
Sarmiento en cuanto a ese parque la sufrió a manos de otro amigo
entrañable, el presidente Avellaneda y es referido al famoso árbol que
aún perdura en las puertas mismas del Jardín Japonés, la Magnolia
grandiflora, plantada por el joven presidente tucumano el 11 de
noviembre de 1875. Pero eso poco tiene que ver con nuestro tema y, si
llama su curiosidad, el lector puede consultar varias páginas de internet
donde algunos titulan aquel episodio como el “gran duelo botánico”
librado en los días previos a la inauguración del parque. ¿Una ayuda?
Sarmiento bregaba por poner un arrayán al que consideraba
–simbólicamente– más perdurable en el tiempo… pero la magnolia
sigue ahí y con las magníficas fluorescencias que nacen de su brillante
polen. (Me disculpo desde ya por la tentadora digresión, pero me
permito acotar algo más: la enorme estatua ecuestre que corona el cruce
de las avenidas Presidente Figueroa Alcorta y Avenida General
Sarmiento –mucho más importante que las de Sarmiento y Rosas que
están a pocas cuadras–… homenajea al entrerriano Justo José de
Urquiza, el último gobernador y primer presidente de la nación nacido
en las entrañas del antiguo federalismo y jefe indiscutido de ese partido
en los comienzos de la “era constitucional”.)

El Manco Paz y el cierre del Facundo: de 1819 a 1852

Un trabajo reciente en el que colaboré y que recoge en buena
medida las investigaciones del gran escritor Luis Franco –injustamente
menospreciado y olvidado por el mundo académico, acotemos de paso–,
fue publicado en Córdoba, curiosamente, dentro de una colección de
biografías de líderes federales, incluyendo en este caso la del cordobés
José María Paz. Bajo el sugestivo título de “Paz, el más federal de los
unitarios” se recuerda que en una conversación con el general Manuel
Belgrano había conocido de primera mano su opinión sobre la
Constitución de 1819, charla que el propio Paz relata del siguiente
modo: “Siempre merecí al general Belgrano cierta disposición favorable
que lo inducía a ciertas confianzas, que atendida mi juventud y mi clase,
no dejaban de ser extraordinarias. Ese día, después de recibirme el
juramento, trabó conversación conmigo y me dijo francamente: ‘Esta
constitución y la forma de gobierno adoptada en ella no es en mi
opinión la que conviene al país; pero habiéndola sancionado el soberano
Congreso Constituyente, seré el primero en obedecerla y hacer
obedecer’” porque, en sus propias palabras, para el creador de la
bandera “no teníamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser
república, y que era una monarquía moderada lo que nos convenía”.
“No me gusta –añadió Belgrano según recuerda Paz– ese gorro y esa
lanza en nuestro escudo de armas, y quisiera un cetro entre esas manos,
que son el símbolo de la unión de nuestras provincias”. Se podrá objetar

el comentario pero su inclusión no es ingenua: en efecto, Belgrano fue
propulsor de la monarquía desde los primeros días de la reunión del
Congreso de Tucumán.
De todos modos, como dice el jefe cordobés, “la constitución
política que había sancionado el Congreso y que se había hecho jurar a
los pueblos y a los ejércitos, no había llenado los deseos de los
primeros, ni había empeñado a los últimos en su defensa; tampoco
había desarmado a los disidentes o montoneros, que habían
recomenzado la guerra con mayor encarnizamiento. Las ideas de
federación que se confundían con las de independencia de las
provincias eran proclamadas por Artigas y sus tenientes, y hallaban eco
en los más recónditos rincones de la república”.
Resulta claro que el “unitario” Paz reconoce en la facción
federalista la fuerza de las “tendencias democráticas” y populares frente
a las tendencias aristocratizantes y aún monárquicas, así como la
representación de los derechos de las provincias contra el centralismo
porteño. Pero hay más, relativo a la coyuntura respecto de la
independencia de las provincias: “Debe agregarse el espíritu de
democracia que se agitaba en todas partes. Era un ejemplo muy
seductor ver a esos gauchos de la Banda Oriental. Entre Ríos y Santa Fe
dando la ley a las otras clases de la sociedad, para que no deseasen
imitarlo los gauchos de las otras provincias. Lo era

también para los que se creían indicados para acaudillarlos, ver a
Artigas, Ramírez y López entronizados por el voto de esos mismos
gauchos y legislando a su antojo. Acaso se me censurará que haya
llamado espíritu democrático al que en gran parte causaba esa agitación,
clasificándolo de salvajismo; mas, en tal caso, deberían culpar al estado
de nuestra sociedad, porque no podrá negarse que era la masa de la
población la que reclamaba el cambio. Para ello, debe advertirse que esa
resistencia, esas tendencias, esa guerra, no eran el efecto de un
momento de falso entusiasmo como el que produjo muchos errores en la
Francia; no era tampoco una equivocación pasajera que luego se
rectifica; era una convicción errónea, si se quiere, pero profunda y
arraigada. De otro modo sería imposible explicar la constancia y
bravura con que durante muchos años sostuvieron la guerra hasta
triunfar en ella”. 2
A renglón seguido Paz enumera la acumulación de aspectos en la
crisis desatada: “La oposición de las provincias a la capital, que se
trataba de justificar con quejas bien o mal fundadas; el descrédito de los
gobiernos que habían regido la república, y principalmente del
directorial, que era el último; las excitaciones, las intrigas que partían
desde el mismo Buenos Aires, fraguadas por el partido que aspiraba al

2 Extraído de Memorias póstumas del general Paz, IV vols. Buenos Aires, Shapire, 1968,
citado en Delupi, Max, El Manco Paz, Colección Los caudillos, Buenos Aires, Ed Marea,
2018.

poder porque estaba fuera de él, eran otros tantos elementos de
disolución”.
Mucho tiempo después Paz reflexionará sobre los errores que
habían impedido derrotar a “la tiranía”. El desdichado general
recordaba que las guerras civiles habían comenzado por el fracaso de
organizar constitucionalmente el país, y que en esa anarquía habían
medrado las ambiciones personales de políticos unitarios y caudillos
federales. Según esto, el error de Lavalle había sido dejarse rodear y
manejar por hombres más interesados en volver a puestos notables que
en organizar la República; el mismo Paz debió, una y otra vez, soportar
sus intrigas. El Manco rememoraba entonces que, en su proclama de
1830 como jefe supremo de la Liga del Interior, se había comprometido
“a recibir la constitución que diera el Congreso Nacional, siguiendo en
todo la voluntad general y el sistema que prevalezca en el Congreso de
las provincias que se reúnan”. O sea, en la huella ética de Belgrano, si la
mayoría adoptaba el sistema federal o confederal, Paz aceptaba que
fuera así, aunque no estuviera de acuerdo con sus principios.
Más aún, en otro tramo de esta historia, a Paz le incomoda la
presencia de la armada imperial francesa que pretende dividir la
Argentina en su favor. Entre unos y otros, acuerda con Lavalle y otros
emigrados en que lo prioritario era derribar a Rosas. Pero a diferencia
de sostener un “frente único sin principios” (o con uno solo, echar a
Rosas) él opina que debe explicitarse qué se hará después y concibe que

eso no puede ser otra cosa que una constitución y “que los pueblos
decidan su futuro”. Ese compromiso no puede dejarse para más adelante
a riesgo de fomentar el surgimiento de otra dictadura… “ilustrada” que
para borrar el rojo punzó pinte todo de celeste.
Nuevo y llamativo acuerdo con Alberdi. Así como quien después
será el principal redactor de las Bases de la Constitución y también
elogió a Urquiza y fue su ministro, así también Alberdi ha sentido un
especial respeto por Artigas y, no es casual, años después le realizará
una formal visita a “su anterior enemigo”, Juan Manuel de Rosas en
Inglaterra. Por ello tal y como resulta artificioso intentar un paralelo
entre la actuación pública del almirante Guillermo Brown y la del
general Paz, también Alberdi podría incluirse en una categoría similar,
aquella amplia avenida de los que se consideraban “sin partido, ni
unitarios, ni federales”.
Por eso no nos parece exagerar se afirmamos también que Paz
podría haber coincidido con aquella osada apreciación que lanzara
Alberdi: “Artigas, López, Güemes, Quiroga, Rosas, Peñaloza, como
jefes, como cabezas y autoridades, son obra del pueblo, su
personificación más espontánea y genuina. Sin más título que ese, sin
finanzas, sin recursos, ellos han arrastrado o guiado al pueblo con más
poder que los gobiernos. Aparecen con la revolución: son sus primeros
soldados”. Claro que Paz también había escrito lo suyo cuando, de

Colonia a Montevideo, en referencia a Alberdi y los suyos, señalara:
“Esos mocitos creen que haciendo versos van a voltear a Rosas”.
Desde el Brasil el Manco escribió a Domingo de Oro: “Venga el
bien de cualquier parte que sea: dejemos a los que coadyuvaron a la
tiranía el prurito de derrocarla. No seamos tan egoístas”. El Manco
‒había perdido movilidad de su brazo y mano derechos en el combate
de Venta y Media, en 1815‒, seguramente, recordó que, pocos años
antes, el entrerriano Justo José de Urquiza había evitado confrontarlo en
batalla. Había sido aquello todo un signo, sin duda, de rebeldías
posteriores. Cuando los hechos se precipitan y Urquiza rompe con
Rosas en mayo de 1851 y reemplaza el lema oficial por el de “¡Viva la
Confederación Argentina! ¡Mueran los enemigos de la organización
nacional!”, Paz reflexiona y, con su clásica cautela, se mantiene a la
expectativa: “Rosas ha estado, ¡cuántas veces!, a un jeme del derrumbe,
Si en 1839, los de Chascomús y Lavalle y Ramón Maza hubieran tirado
a un tiempo… si en 1841 (Pedro) Ferré, sin los enredos de (Fructuoso)
Rivera y los otros, hubiera dejado hacer las cosas… si el año 46… De
veras, la anarquía que lo elevó viene encargándose a la vez de inveterar
al hombre suertudo”, así reflexionaba el general Paz en su chacra,
asegura Luis Franco con razón.
Cuando Urquiza leyó que Paz estaba dispuesto a “hacer cuanto
esté de mi parte para (apoyar) la nueva marcha política” le respondió
con toda claridad. Tras agradecerle “sus profundas simpatías por los

principios que he proclamado”, como caudillo que era, “le bajó línea”:
“Espero que los pueblos puedan constituirse bajo el poder federativo
que la victoria y sus intereses han sancionado”.
Para terminar estas líneas, recordemos que fue Facundo Quiroga
en carta a Rosas había sido taxativo: “Usted sabe, porque se lo he dicho
varias veces, que yo no soy federal, soy unitario por convencimiento.
Pero con la diferencia de que mi opinión es muy humilde y que yo
respeto demasiado la de los pueblos, constantemente pronunciada por el
sistema de gobierno Federal y por cuya causa he combatido con
constancia contra los que han querido prevalecer por las bayonetas
sobre la opinión a la que yo pertenezco, sofocando la general de la
República. Y siendo esto así, como efectivamente lo es ¿cómo podré
yo, darle mi parecer en un asunto en que por las razones que llevo
expuestas, necesito explorar a fondo la opinión de las provincias, de las
que jamás me he separado, sin embargo de ser opuesta a la de mi
individuo?…”. 3
También, como vimos, que quien lo derrotó en La Tablada y
Oncativo y desplazó del poder en el centro del país, el general Paz
–héroe de la batalla de Ituzaingó contra los brasileños– siendo ya líder
de la “Liga del Interior” (o “Unitaria”), en un tris de ser el factótum de
organizar el país, se preguntaba: “¿Constitución federal o unitaria, ¡La

3 Carta fechada en S. M. de Tucumán el 12 de enero de 1832.

que el pueblo quiera y, ejerciendo su soberanía (o sea, en un congreso),
decida!”.
Cerremos trayendo nuevamente a nuestro protagonista Sarmiento
al relato. ¿A quién apostaba sus fichas el sanjuanino para derrocar a
Rosas en 1845? Leamos: “Pero el remedio no nos vendrá solo del
exterior. La Providencia ha querido que, al desenlazarse el drama
sangriento de nuestra revolución, el partido tantas veces vencido, y un
pueblo tan pisoteado, se hallen con las armas en la mano y en aptitud de
hacer oír las quejas de las víctimas. La heroica provincia de Corrientes
tiene, hoy, seis mil veteranos que a esta hora habrán entrado en
campaña bajo las órdenes del vencedor de la Tablada, Oncativo y
Caaguazú, el boleado, el manco Paz, como le llama Rosas. ¡Cuántas
veces este furibundo, que tantos millares de víctimas ha sacrificado
inútilmente, se habrá mordido y ensangrentado los labios de cólera al
recordar que lo ha tenido preso diez años y no lo ha muerto, a ese
mismo manco boleado que hoy se prepara a castigar sus crímenes! La
Providencia habrá querido darle este suplicio de condenado, haciéndolo
carcelero y guardián del que estaba destinado desde lo Alto, a vengar la
República, la Humanidad y la Justicia”.
Las últimas líneas son una poderosa invocación, casi tan potente
como aquel inicio que ha quedado en la historia y que es imposible
evitar: “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que,
sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a

explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las
entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez
años aún después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el
gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el
desierto, decían: «¡No, no ha muerto! ¡Vive aún! ¡Él vendrá!» ¡Cierto!
Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la
política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su
complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más
perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia,
convirtiose en Rosas en sistema, efecto y fin”. 
En el otro extremo de su extenso panfleto-libro y poniendo fichas
a un próximo fin del dictador, Sarmiento cierra así: “¡Proteja Dios tus
armas, honrado general Paz! ¡Si salvas la República, nunca hubo gloria
como la tuya! ¡Si sucumbes, ninguna maldición te seguirá a la tumba!
¡Los pueblos se asociarán a tu causa o deplorarán, más tarde, su
ceguedad o su envilecimiento!”.
Aunque rara vez se lo tiene presente, así termina el Facundo…

Echeverría y Sarmiento: del Dogma Socialista a jugar la
“carta brava”

Con sucesivas publicaciones realizadas en Chile, Sarmiento había
madurado un diagnóstico, sintetizado en el famoso dilema de

“civilización o barbarie”, y formulado proyectos que cubrían,
prácticamente, todas las áreas, comenzando por la educación, centrando
en la construcción republicana y culminando por el desarrollo
económico-industrial. Hacia 1850, en cierto modo Argirópolis venía a
ser una especie de resumen de cinco años de trabajo intelectual aunque
muchos de sus conceptos estaban presentados ya en el último capítulo
del Facundo, titulado “Presente y porvenir”, en las publicaciones del
año anterior, cuando presenta De la educación popular y en la primera
entrega de Viajes en Europa, África y Estados Unidos, justamente en el
año que Rosas, fortalecido por los acuerdos con Francia e Inglaterra
posteriores al bloqueo fluvial y al combate de Vuelta de Obligado,
reclama a Chile su extradición para juzgarlo por conspirador.
En aquel trabajo Sarmiento sostiene que bien podría pensarse el
futuro del Plata como una integración de tres naciones, la Argentina, el
Uruguay y el Paraguay, federadas en un estado único con capital en
la isla Martín García que, justamente, pasaría a llamarse “Agirópolis”, o
sea, “ciudad del Plata o de la Plata” ya que, en griego, argyros es plata
y polis es ciudad. Sin embargo, y más allá de esa osada idea federativa
que intentaba potenciar a los “Estados Unidos de Sudamérica”
alrededor de su enorme cuenca fluvial –el que hoy, 150 años después,
se reconoce como “acuífero guaraní, tercera reserva de agua dulce más
grande del mundo–, el especial valor del nuevo libro, más que sus ideas
teóricas o programáticas, fue su oportunidad, ya que vino a intervenir

de lleno en la política práctica: la crisis incubada entre Urquiza y Rosas
parecía a punto de hacer eclosión y el cuyano exiliado aprovechó la
ocasión. El líder entrerriano era el único que, por peso económico,
fuerza militar ‒su muy numerosa y casi imbatible caballería‒ y cuentas
pendientes ‒sobre todo la navegabilidad de los ríos y los derechos
aduaneros y portuarios‒, podía derrotar a Rosas y, a la vez concitar, el
apoyo de otros gobernadores del partido federal. Ese cálculo se
demostró correcto al milímetro, aunque es de destacar que Echeverría
había apostado antes en el mismo sentido. En una carta que le había
enviado a Urquiza, fechada el 19 de septiembre de 1846 ‒el mismo año
en que publica su versión definitiva del Dogma socialista y refunda en
Montevideo la Asociación de Mayo‒ llamaba al caudillo entrerriano a
la rebelión, “El objeto principal que nos proponemos, que anhelamos
‒le decía‒, es la fraternidad de todos los hijos de nuestra tierra por
medio de un dogma social común. Ese dogma es el dogma de Mayo, es
decir, el dogma de la Patria. La religión social de la Patria, la religión
que nos legaron los heroicos promotores de su independencia y su
libertad, esa religión que V.E. como todo patriota debe tener grabada en
el fondo de su corazón, pero que desgraciadamente unos han
comprendido de un modo y otros de otro, es la religión que nosotros
invocamos como principio fecundo de concordia y de fraternidad. Esa
religión es Mayo, porque en Mayo nació la Patria, y el pensamiento de
Mayo es el único que puede regenerar la Patria de los Argentinos…

Nosotros no somos unitarios ni federales, porque creemos que unos y
otros han comprendido mal el pensamiento de Mayo o lo han echado al
olvido”.
Las definiciones de Echeverría son clarísimas y muestran cómo,
algunos “unitarios” fueron claves en buscar acuerdos con sectores
“federales” para derrotar a Rosas, supuesto jefe del federalismo. “No
somos unitarios porque estamos persuadidos de que el sistema unitario
es el peor de los sistemas para el régimen de la República; y porque
hemos aprendido por el estudio del pasado, que las instituciones
fundamentales que el partido unitario dio a la provincia de Buenos
Aires, son malísimas… Pero tampoco somos federales en el sentido que
Rosas ha dado a esta palabra para solapar su unitarismo mil veces más
exagerado y despótico… Sin embargo, tomando como principio de
nuestra doctrina el pensamiento de Mayo, queremos la verdadera
federación; porque queremos la democracia que no es otra cosa que la
organización federativa de la provincia y de la república”.
La misiva de Echeverría representa en buena medida esa
perspectiva de anteponer la organización nacional a las facciones
políticas en lucha. Como el autor murió tempranamente, en 1851, sin
poder ver el fin del ciclo de Rosas es aún más importante rescatar su
postura: “Queremos pues, en la organización nacional, la soberanía e
independencia de cada provincia en todo lo relativo a su régimen

unitario, y la erección de un gobierno central para la gestión de los
intereses y la dirección de los negocios generales de la Confederación.
”Queremos pues, garantías sociales, la fraternidad entre todos, la
libertad para todos, y la igualdad de derechos y deberes en todos y cada
uno de los miembros de la gran familia argentina.
”Queremos, para asegurar el goce de esas garantías sociales la
organización del Sistema Municipal en cada distrito, en cada villa, en
cada departamento de Provincia; y V.E. no debe ignorar que el sistema
municipal es el fundamento necesario de toda federación bien
consolidada y cimentada. Trabajaremos, por último, en la formación de
un partido único y nacional, que abrace todos los intereses y todas las
opiniones legítimas, y que represente la religión social de la Patria,
simbolizada por la bandera de Mayo.
”Nos asiste el convencimiento que nadie en la República
Argentina está en situación más ventajosa que V.E. para ponerse al
frente de ese partido nacional, y para promover con suceso la
fraternidad de todos los argentinos y la pacificación de nuestra tierra”.
En efecto, había llegado la hora de superar antinomias, pero
afirmando, tácticamente, que la mejor forma de minar el poder de Rosas
era “correrlo” con sus propios ‒y falsos‒ argumentos. Sarmiento
rubrica: “Veinte años nos hemos ocupado en saber si seríamos federales
o unitarios. […] Es inútil, pues, detenerse sobre este punto decidido de
hecho y de derecho. El Congreso será federativo en cumplimiento del

tratado que liga a todos los pueblos de la República. […] Las
necesidades que se hacían sentir en 1831 –el año de firma del Pacto
Federal– son las mismas y mayores en 1850”.
¿Qué le pasaba al loco Sarmiento?, se habrán preguntado
algunos… ¿acaso ahora se hizo federal? En efecto, su adhesión explícita
al sistema federativo podía para muchos de lectura lineal resultar una
novedad, motivada, básicamente, en una cuestión empírica: sin los
federales no habría república. Los hechos, que se precipitaron desde
Argirópolis, le darían la razón. Hacía años que venía estudiando lo que
después se llamó “pactos preexistentes”, algo así como la estructura
preconstitucional argentina. Los hombres del partido unitario eran
renuentes a considerar el país real y ese país real incluía el derecho
federal y Sarmiento ya lo había dejado asentado en el Facundo, cinco
años antes: “La forma de gobierno, la organización política del Estado,
la darán el tiempo, los acontecimientos, las circunstancias… Unitaria,
federal, mixta, ella [la Constitución] ha de salir de los hechos
consumados”. En solo cinco años de maduración política
–observaciones de la Europa y los Estados Unidos de por medio–, una
de esas opciones aparecía, definitivamente, como la única posible si se
era capaz de apreciar el país real, lo que no era sino la consumación de
un proceso intelectual colectivo: los diversos miembros de la Joven
Generación del 37, habían coincidido desde tiempo antes que lo
necesario para terminar con la falsa “Confederación” de Rosas debía

contemplar las autonomías provinciales como una conquista histórica y
una salida constitucional que anclara en el país verdadero y fuera
superadora de las veleidades ilustradas y soberbias del antiguo
porteñismo rivadaviano.
Pero lo concreto, más allá de sueños y utopías románticas, como
reafirmó en un escrito de 1877, es que Argirópolis, distribuido en
1850 sin firma expresa, de su autor y varias de cuyas copias se
aseguró que le llegaran a Urquiza “fue el puente neutral echado
sobre el río de sangre que dividió a unitarios y federales”. El tono
mesurado de aquel trabajo anónimo suscribe que fue un aporte
imprescindible para que se concretara el derrocamiento de Rosas. Y
es así una muestra más de que su amplitud de criterio y la fortaleza
de sus principios republicanos y democráticos lo colocan en ese
lugar en el que el pragmatismo resulta la mejor opción: hacer lo
correcto en beneficio del bien público atendiendo a las
circunstancias concretas de cada momento.

Adolfo Saldías

Por si las moscas… (y van…)

“Por si las moscas” podría decir don Inodoro Pereyra con insectos
revoloteándole alrededor de su melena indómita (para dar lugar a un
inevitable “qué lo parió” de Mendieta): la polémica disyuntiva es
seguro que nos ofrecerá nuevos y remozados episodios aunque,
permítaseme un último introito, es preciso enfatizar un señalamiento

sobre quien es considerado el fundador de la corriente del revisionismo
histórico, el doctor Adolfo Saldías. ¿Quién fue Saldías? En primer
lugar, amigo personal y colaborador de Sarmiento cuya íntima relación
combinó incluso la gestión pública: vaya como ilustración que, en 1875,
como joven abogado, Saldías fue su secretario personal, cuando
Sarmiento asumió el cargo de Director General de Escuelas de la
provincia de Buenos Aires. Cierto es que la mutua admiración
intelectual encierra una paradoja histórica muy particular: los estudios
que culminarán en su Historia de la Confederación Argentina,
contradicen casi por completo las apreciaciones de Sarmiento sobre
Rosas, lo que no impidió que el historiador elogiara toda su vida la
envergadura de estadista del sanjuanino brindando en su vejez
importantes discursos y escritos de homenaje en su memoria. Por fin…
Sarmiento… ¿unitario… o federal? Dejo la definición a la
consideración del lector y, lo confieso, poco me importará el veredicto o
dejar sentada mi posición porque, sencillamente pienso, no son
categorías contengan a quien considero un genio polímata
–seguramente el único que dio América Latina– que trasciende las
categorías políticas propias más de una guerra –como todas, transitoria–
que de una ideología, por naturaleza, construcciones que operan de
modo inmanente dentro de un determinado sistema.
Lo cierto, a fin de cuentas, es que a nadie pretendo convencer al
respecto y me complazco con solo aportar reflexiones,
informaciones y algunas opiniones ´pertinentes, aunque tal vez, lo

percibo al releer un texto al que no quiero hacerle perder frescura,
pueden haber quedado algo deshilvanadas…