
Domingo F. Sarmiento fue un hombre que supo hacer equipo,
escuchar sugerencias y rodearse de hombres de confianza confiando en
su honestidad, probidad y talento. Hoy comentaremos sobre tres de
ellos: su amigo Vicente Fidel López, su referente militar el general José
María Paz y quien fuera un tiempo su secretario, el escritor e historiador
Adolfo Saldías.
Vicente Fidel López
El hijo del creador de la hermosa letra de nuestro himno nacional
–nacido poco más de tres años después que Sarmiento– es, tal vez, el
más cercano “camarada de ruta” del sanjuanino aspecto que, por lo
general, no se rescata lo suficiente. Compañeros de exilio en Chile
compartieron no solo proyectos y miradas del mundo sino, incluso, la
pieza donde vivir en Santiago. Por fuera de Aurelia Vélez y Mary Mann
y, tal vez, el tucumano José Posse, no debe haber otra persona con
quien Sarmiento mantuviera una relación tan estrecha de
compañerismo, amistad, confianza y colaboración intelectual durante
varias décadas, aunque –por lógica tratándose del genio a veces
impredecible del sanjuanino y el común proceso de maduración– si por
un lado impulsaron la educación, la cultura y el periodismo en el exilio
trasandino, con el tiempo atravesaron también tensiones y matices
políticos. En breve resumen señalemos que, respecto de Sarmiento,
coincidieron en sus comienzos periodísticos cuando, en diciembre de
1842 fundaron el periódico El Heraldo Argentino y se convirtieron en
estrechos colaboradores desde las páginas de El Progreso que dirigía
don Domingo. También coincidieron en fundar juntos, en 1843, el
colegio El Liceo en Santiago de Chile, donde ambos ejercieron como
profesores.
López era abogado, recibido en la UBA en 1837, profesión en la
que trabajó en Uruguay como jurisperito y defensor de pobres y
menores desde 1847; en Montevideo trabó especial amistad con
Echeverría. El nuevo escenario político volvió a juntarlos en Buenos
Aires después de Caseros. Liberales de viejo cuño pero con un perfil
proteccionista e industrialista, ambos integraron la francmasonería y
alcanzaron el grado de Gran Maestre de la Gran Logia de Libres y
Aceptados Masones. Vicente Fidel López será rector de la Universidad
de Buenos Aires entre 1874 y 1877, diputado nacional entre 1876
y1880, presidió el Banco Provincia entre 1879 y 1883 y fue ministro de
Hacienda de la Nación entre 1890 y 1892 durante la presidencia de
Carlos Pellegrini.
Pero lo que especialmente nos interesa destacar es el perfil de
López como historiador. Su trabajo más extenso es la Historia de la
República Argentina desarrollada en nada menos que diez volúmenes, y
que fue publicada entre 1883 y 1893. Lo más destacable de esta obra
monumental es la célebre polémica historiográfica e ideológica que
sostuvo con Bartolomé Mitre en 1881 –Sarmiento vivo y plenamente
activo aún– sobre las interpretaciones del pasado nacional: aunque
ambos compartían una visión liberal y porteñista de la historia regional,
mientras don Bartolo privilegiaba la investigación documental estricta y
el uso casi exclusivo de archivos oficiales, documentos públicos y
papeles firmados, metodología investigativa que consideraba así a la
historia como una disciplina “científica” o positivista basada en las
pruebas materiales, López confiaba más en la interpretación filosófica,
el juicio histórico y la reconstrucción intuitiva o narrativa. Aunque
utilizaba fuentes, valoraba la tradición oral (como los relatos de su
padre, Vicente López y Planes) y concebía al historiador como un
artista capaz de “resucitar” el pasado. Esta visión lo acerca por lo tanto
mucho más a las narraciones sarmientinas que a los enjundiosos tomos
de Mitre por lo cual lo podemos presentar sin forzar en nada como otro
sesgo “antimitrista” común con el sanjuanino.
El Manco Paz y el cierre del Facundo: de 1819 a 1852
Un trabajo reciente, bajo el sugestivo título de “Paz, el más federal
de los unitarios”, se publicó hace poco dentro de una colección
biografías de líderes federales. Lo extraño es que Paz peleó siempre
desde el bando unitario pero que se lo incluya en esa colección significa
un importante reconocimiento.
En efecto, el gran jefe militar cordobés tenía miradas muy
inteligentes sobre su presente que llamaron siempre la atención de
Sarmiento que lo respetaba mucho: “La constitución política que había
sancionado el Congreso (de 1819) y que se había hecho jurar a los
pueblos y a los ejércitos, no había llenado los deseos de los primeros, ni
había empeñado a los últimos en su defensa; tampoco había desarmado
a los disidentes o montoneros, que habían recomenzado la guerra con
mayor encarnizamiento. Las ideas de federación que se confundían con
las de independencia de las provincias eran proclamadas por Artigas y
sus tenientes, y hallaban eco en los más recónditos rincones de la
república”.
Resulta claro que el “unitario” Paz reconoce en la facción
federalista la fuerza de las “tendencias democráticas” y populares frente
a las tendencias aristocratizantes y aún monárquicas, así como la
representación de los derechos de las provincias contra el centralismo
porteño. Pero hay más. Relativo a la coyuntura respecto de la
independencia de las provincias, “debe agregarse el espíritu de
democracia que se agitaba en todas partes. Era un ejemplo muy
seductor ver a esos gauchos de la Banda Oriental. Entre Ríos y Santa Fe
dando la ley a las otras clases de la sociedad, para que no deseasen
imitarlo los gauchos de las otras provincias. Lo era también para los que
se creían indicados para acaudillarlos, ver a Artigas, Ramírez y López
entronizados por el voto de esos mismos gauchos y legislando a su
antojo. Acaso se me censurará que haya llamado espíritu democrático al
que en gran parte causaba esa agitación, clasificándolo de salvajismo;
mas, en tal caso, deberían culpar al estado de nuestra sociedad, porque
no podrá negarse que era la masa de la población la que reclamaba el
cambio. Para ello, debe advertirse que esa resistencia (…) era una
convicción errónea, si se quiere, pero profunda y arraigada. De otro
modo sería imposible explicar la constancia y bravura con que durante
muchos años sostuvieron la guerra hasta triunfar en ella”.
A renglón seguido Paz enumera la acumulación de aspectos en la
crisis desatada: “La oposición de las provincias a la capital, que se
trataba de justificar con quejas bien o mal fundadas; el descrédito de los
gobiernos que habían regido la república, y principalmente del
directorial, que era el último; las excitaciones, las intrigas que partían
desde el mismo Buenos Aires, fraguadas por el partido que aspiraba al
poder porque estaba fuera de él, eran otros tantos elementos de
disolución”.
Mucho tiempo después Paz reflexionará sobre los errores que
habían impedido derrotar a “la tiranía”. El desdichado general
recordaba que las guerras civiles habían comenzado por el fracaso de
organizar constitucionalmente el país, y que en esa anarquía habían
medrado las ambiciones personales de políticos unitarios y caudillos
federales. El Manco rememoraba entonces que, en su proclama de 1830
como jefe supremo de la Liga del Interior, se había comprometido “a
recibir la constitución que diera el Congreso Nacional, siguiendo en
todo la voluntad general y el sistema que prevalezca en el Congreso de
las provincias que se reúnan”. O sea, si la mayoría adoptaba el sistema
federal o confederal, Paz aceptaba que fuera así, aunque no estuviera de
acuerdo con sus principios.
Más aún, en otro tramo de esta historia, a Paz le incomoda la
presencia de la armada imperial francesa que pretende dividir la
Argentina en su favor. Por eso no nos parece exagerar se afirmamos
también que Paz podría haber coincidido con aquella osada apreciación
que lanzara Alberdi: “Artigas, López, Güemes, Quiroga, Rosas,
Peñaloza, como jefes, como cabezas y autoridades, son obra del pueblo,
su personificación más espontánea y genuina. Sin más título que ese, sin
finanzas, sin recursos, ellos han arrastrado o guiado al pueblo con más
poder que los gobiernos. Aparecen con la revolución: son sus primeros
soldados”.
Cuando los hechos se precipitan y Urquiza rompe con Rosas en
mayo de 1851 y reemplaza el lema oficial por el de “¡Viva la
Confederación Argentina! ¡Mueran los enemigos de la organización
nacional!”, Paz reflexiona y, con su clásica cautela, se mantiene a la
expectativa. Pero cuando Urquiza leyó que Paz estaba dispuesto a
“hacer cuanto esté de mi parte para (apoyar) la nueva marcha política”
le respondió con toda claridad. Tras agradecerle “sus profundas
simpatías por los principios que he proclamado”, como caudillo que era,
“le bajó línea”: “Espero que los pueblos puedan constituirse bajo el
poder federativo que la victoria y sus intereses han sancionado”.
El Manco ‒había perdido movilidad de su brazo y mano derechos
en el combate de Venta y Media, en 1815‒ fue varias veces principal
protagonista de las luchas civiles entre 1829 y 1850. Cerremos esta
referencia trayendo nuevamente a nuestro protagonista del es, Domingo
Sarmiento al relato. ¿A quién apostaba sus fichas el sanjuanino para
derrocar a Rosas en 1845? Leamos: “Pero el remedio no nos vendrá
solo del exterior. La Providencia ha querido que, al desenlazarse el
drama sangriento de nuestra revolución, el partido tantas veces vencido,
y un pueblo tan pisoteado, se hallen con las armas en la mano y en
aptitud de hacer oír las quejas de las víctimas. La heroica provincia de
Corrientes tiene, hoy, seis mil veteranos que a esta hora habrán entrado
en campaña bajo las órdenes del vencedor de la Tablada, Oncativo y
Caaguazú, el boleado, el manco Paz, como le llama Rosas. ¡Cuántas
veces este furibundo, que tantos millares de víctimas ha sacrificado
inútilmente, se habrá mordido y ensangrentado los labios de cólera al
recordar que lo ha tenido preso diez años y no lo ha muerto, a ese
mismo manco boleado que hoy se prepara a castigar sus crímenes! La
Providencia habrá querido darle este suplicio de condenado, haciéndolo
carcelero y guardián del que estaba destinado desde lo Alto, a vengar la
República, la Humanidad y la Justicia”.
Las últimas líneas son una poderosa invocación, casi tan potente
como aquel inicio que ha quedado en la historia” cuando invoca a
“Facundo”. En el otro extremo de su extenso panfleto-libro y poniendo
fichas a un próximo fin del dictador, Sarmiento cierra así: “¡Proteja
Dios tus armas, honrado general Paz! ¡Si salvas la República, nunca
hubo gloria como la tuya! ¡Si sucumbes, ninguna maldición te seguirá a
la tumba! ¡Los pueblos se asociarán a tu causa o deplorarán, más tarde,
su ceguedad o su envilecimiento!”. Aunque rara vez se lo tiene
presente, así termina el Facundo…
Adolfo Saldías
Para concluir este repaso sobre tres personajes muy cercanos a
Sarmiento, es preciso enfatizar un señalamiento sobre quien es
considerado el fundador de la corriente del revisionismo histórico, el
doctor Adolfo Saldías. ¿Quién fue Saldías? En primer lugar, amigo
personal y colaborador de Sarmiento cuya íntima relación combinó
incluso la gestión pública: vaya como ilustración que, en 1875, como
joven abogado, Saldías fue su secretario personal, cuando Sarmiento
asumió el cargo de Director General de Escuelas de la provincia de
Buenos Aires. Cierto es que la mutua admiración intelectual encierra
una paradoja histórica muy particular: los estudios que culminarán en su
Historia de la Confederación Argentina, contradicen casi por completo
las apreciaciones de Sarmiento sobre Rosas, lo que no impidió que el
historiador elogiara toda su vida la envergadura de estadista del
sanjuanino brindando en su vejez importantes discursos y escritos de
homenaje en su memoria. Si bien se observa, Vicente López y Saldías,
desde el campo historiográfico, se distanciaron del mitrismo y, si bien
Paz, estuvo junto a Mitre en los años de la secesión de Buenos Aires de
1853 a 1860, lo cierto es que, contra todo porteñismo acendrado, el
“Manco” jamás perdió su impronta cordobesa, de hombre del Interior.