En la entrega anterior recorrimos la inmensa variedad de culturas que habitaban América antes del siglo XV. Por supuesto, el desembarco y «colonización» europea fue un largo proceso que insumió más de tres siglos. Pero los españoles –inicialmente la principal potencia marítima– centraron sus esfuerzos en doblegar a las dos principales civilizaciones con las que se toparon: los imperios azteca e inca
Ambos imperios, que no llevaban demasiado tiempo como tales –la capital mexica se fundó en 1325 y el imperio en 1428 y el Cuzco se consolidó como capital inca en 1438–, eran, por lógica, a quienes debían derrotar ya que eran los únicos que tenían poder de combate suficiente como para presentarles batalla abierta.
Aunque hubo regiones enteras que resistirán cientos de años –como los pueblos que habitaban el norte del actual México –llamados genéricamente «chichimecas»–, las tribus de las llanuras del centro de Norteamérica o los mapuches de la llamada Araucanía, la otra razón por la cual los españoles se concentraron en esas dos regiones es porque obtuvieron datos de sus respectivas riquezas mineras. Y la plata y el oro fueron, sin duda, uno de los principales móviles de la conquista.
El control sobre ambos imperios no les insumió demasiado tiempo, aunque el de México se concreta diez años antes que el del Perú que pudo resistir más y, por otra parte, era mucho más extenso, ya que abarcaba desde el Ecuador y sur de Colombia hasta el noroeste de la actual Argentina y el norte y centro de Chile.
La conquista de Tenochtitlán
Moctezuma II era el tlatoani (o líder absoluto militar y religioso) mexica cuando Hernán Cortés llegó al territorio. Al encuentro inicial se lo describe como complejo, en el que intervinieron ceremonias, intercambios, tensiones y estrategias políticas.
Pero en 1520, mientras Cortés se ausentaba para enfrentar a Pánfilo de Narváez, Pedro de Alvarado ordenó una matanza en el Templo Mayor durante una ceremonia religiosa. Con la colaboración de la nación tlaxcalteca, pueblo receloso –por no decir franco enemigo– de los aztecas, la violencia del enfrentamiento alcanzó su punto crítico en la capital.
El 6 de mayo se perpetró así la atroz Matanza del Templo Mayor, seguida por la muerte del emperador Moctezuma, en circunstancias todavía discutidas –las versiones españolas sostuvieron que el jefe mexica fue muerto por los propios aborígenes mientras que las tradiciones indígenas señalaron que fue ejecutado por los españoles. En cualquier caso, su muerte desorganizó el poder político y agravó el conflicto.
La violencia provocó una rebelión en Tenochtitlán, durante la caótica retirada hispano-tlaxcalteca conocida en los textos hispánicos como “La Noche Triste” –que desde hace un tiempo se celebra en México como “Noche Victoriosa” por los sectores que reivindican la perspectiva de los pueblos originarios devastados–, los conquistadores sufrieron enormes pérdidas.
Cortés reorganizó sus fuerzas, construyó bergantines para controlar el lago de Texcoco –Tenochtitlán era una ciudad construida sobre lagos y unida por puentes– y estableció un sitio prolongado sobre la ciudad que sumado con una epidemia de viruela –traída por los europeos– quebraron la resistencia de la ciudad.
El gran guerrero Cuauhtémoc había asumido el liderazgo en la etapa final de la guerra e intentó reorganizar la defensa, sostener la moral y continuar la lucha desde otros puntos. Según la tradición, cuando intentaba escapar en una canoa acompañado por su familia y dignatarios, el 13 de agosto de 1521, Cuauhtémoc, último tlatoani de Tenochtitlán, fue capturado: la caída de Tenochtitlán significó la derrota del poder mexica, aunque la resistencia indígena continuó durante décadas. Vale la pena reproducir un sentido relato del suceso aparecido la página de divulgación cultural e historia “Historias de tierra sagrada. Mi México”: “Cuauhtémoc subió a una canoa con su esposa, la pequeña Tecuixpo, su familia y algunos dignatarios para seguir la lucha en otro lugar.
Trataron de pasar inadvertidos cuando un bergantín los detuvo; el capitán español Garcí Holguín había reconocido a Cuauhtémoc. Por fin tenían al tlatoani como prisionero; la batalla podía darse por terminada y ganada. Los caracoles y los tambores de guerra se quedaron mudos; los ancianos lloraron; las mujeres pusieron lodo en su rostro y en el de sus hijas.
Lo peor estaba por venir. Al paso de los años, en el lugar donde capturaron a Cuauhtémoc se construyó el templo de la Inmaculada.
…Concepción, en lo que hoy es la esquina de Tenochtitlán y Constancia en el barrio de Tepito una zona muy concurrida porque es sitio de un clásico y enorme tianguis o mercado callejero ubicado en el corazón del Barrio Bravo en la Colonia Morelos del DF. Justo a la entrada del templo una placa dice: “Tequipeuhcan (lugar donde empezó la esclavitud). Aquí fue hecho prisionero el Emperador Cuauhtemotzin la tarde del 13 de agosto de 1521”. Año con año los habitantes de Tepito se reúnen en esa esquina, el trece de agosto, para honrar el valor del que fuera el último de los tlatoanis de la gran Tenochtitlán»
Además de honrarse su memoria, desde el 21 de agosto de 1887 Cuauhtémoc tiene un importante monumento en su honor ubicado en la glorieta de la intersección del Paseo de la Reforma y la Avenida de los Insurgentes en la Ciudad de México.
Como lo reflejaría más tarde el cronista Alonso de Ovalle citando palabras atribuibles a Cortés: “No tenemos, además de Dios, ninguna seguridad fuera de los caballos”, expresando la dependencia absoluta de la superioridad tecnológica y animal para afianzar el dominio colonial sobre el suelo mexicano. La aplicación del viejo dicho “divide y reinarás”, una vez más resultó útil a los invasores. Los tlaxcaltecas y su conocida “princesa” que ha pasado a la historia como “La Malinche” son para el pueblo mexicano, sinónimo de traición.
Las divisiones favorecieron la conquista del Perú [2]
Algo similar ocurrió en Perú. Los dos descendientes para ocupar el trono real del imperio eran dos “medio hermanos”: Huáscar era el heredero legítimo y gobernaba desde la capital del imperio, Cuzco, pero estaba completamente enfrentado con su hermano Atahualpa, que controlaba los ejércitos del norte desde Quito. Tras la muerte del padre de ambos, el Inca Huayna Cápac, ambos se enfrentaron en una cruenta guerra civil por el poder del Tawantinsuyo.
Fue en esa instancia cuando llegaron a la región las primeras tropas españolas, con los hermanos Francisco, Hernando, Gonzalo y Juan Pizarro, aprovecharon esta división política y el desgaste militar para capturar a Atahualpa en Cajamarca y derrotar al imperio con mayor facilidad.
Fue a partir de 1531 cuando Francisco Pizarro y Diego de Almagro encabezaron la invasión del espacio incaico. Los conquistadores aprovecharon hábilmente la feroz guerra civil desatada hacia 1525 y, en noviembre de 1532, Pizarro capturó violentamente a Atahualpa en la plaza de Cajamarca.
La emboscada combinó caballos, armas de fuego, acero, sorpresa y superioridad táctica dado que el número de españoles era reducido en comparación con la población y los ejércitos andinos, por lo que la captura del soberano fue decisiva.
A pesar de pagar un fabuloso rescate en oro y plata, el inca fue ejecutado el 26 de julio de 1533, un evento trágico que selló el colapso político del imperio: desorganizó el poder imperial y permitió a los españoles avanzar hacia el Cuzco.
Pizarro instaló a Manco Inca Yupanqui como soberano subordinado. Manco comprendió rápidamente que los españoles no buscaban simplemente restablecer el orden, sino controlar el territorio y sus riquezas. En 1536 organizó una gran rebelión y sitió Cuzco. Aunque la ciudad no fue recuperada, la resistencia continuó luego desde Vilcabamba donde Manco Inca estableció un Estado independiente.
Después de su muerte, sus sucesores mantuvieron la lucha. Titu Cusi Yupanqui continuó la resistencia y negoció con las autoridades españolas sin abandonar la autonomía de Vilcabamba, pero Túpac Amaru I fue capturado y ejecutado en 1572. Su muerte marcó el final del Estado inca independiente, aunque la resistencia indígena persistió de diversas maneras.
Potosí y Huancavelica, el binomio de la minería
El Virreinato del Perú tuvo su corazón palpitante en las minas de plata del Cerro Rico de Potosí, en la actual Bolivia, y en las minas de mercurio o azogue de Huancavelica en el Perú, producto indispensable para la refinación de la plata por el método de amalgama. Alrededor de este eje se organizó una colosal red de transporte que demandaba alimentos, mulas, carretas y tejidos procedentes del noroeste de la actual Argentina y, también de Tucumán, Cuyo y el Litoral. Por su lado, proveía caballos y ganado vacuno. Hacia el norte, la producción minera, y algunos productos agrícolas y artesanales andinos buscaban el mar por el puerto de El Callao. Las flotas comerciales navegaban por el Pacífico hacia Tierra Firme y, en Panamá o Colombia, cruzaba hacia el Atlántico para reembarcar hacia los puertos españoles de Sevilla y Cádiz.
La explotación nativa en la minería fue documentada crudamente por cronistas mestizos e indígenas como Felipe Huamán Poma de Ayala, cuyos grabados denunciaban el sometimiento implacable de los aborígenes bajo la autoridad de los corregidores de minas y los abusos del trabajo forzado de la mita.
Un plan para «haber riquezas»
No es admisible el argumento de que sus protagonistas no eran plenamente conscientes de los hechos. Las verdaderas motivaciones de la Conquista quedaron expuestas en muchas crónicas de la época. Por un lado, el cronista Bernal Díaz del Castillo afirmaba con pragmatismo que los conquistadores habían marchado a las Indias “para servir a Dios, a su majestad y por haber riquezas”.
Por otro lado, la voz crítica del fraile Bartolomé de las Casas, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), denunciaba la codicia desmedida como el motor principal de la violencia colonial: “La causa por que han muerto y destruido tantas y tales y tan infinito número de ánimas los cristianos, ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días (…) por la insaciable codicia y ambición que han tenido”.
Las enormes vetas de plata del Potosí se conocieron rondando el siglo, el mismo momento en que se comenzaron a trabajar los socavones en Guanajuato, México que, además de plata tenía oro.
Las crónicas «perdidas» (y encontradas)
Los hechos de esta violenta conquista quedaron inmortalizados tanto en la Crónica del Perú de Pedro Cieza de León que realiza la primera imagen del Inca en 1553 y su Crónica del Perú (1554) documentan el encuentro entre el “maligno” –el demonio al que los incas supuestamente veneraban– y los evangelizadores, como en los dramáticos dibujos y grabados del cronista indígena Felipe Huamán Poma de Ayala, obra realizada con esmero entre 1584 y 1615 como parte de su manuscrito Primer nueva corónica y buen gobierno, culminado en 1615. Ese manuscrito, de 1.189 páginas contiene 398 magníficos dibujos, y fue enviado al rey Felipe III de España como una carta de protesta, pero nunca llegó a su destino y permaneció oculto y recién redescubierto a principios del siglo XX. Dos detalles: uno primero: los originales aparecieron en Dinamarca (¿?); el segundo, no existió testimonio de su existencia durante casi trescientos años, elocuente forma de “ningunear” los episodios más dramáticos de la conquista narrada por un cronista indígena de ascendencia incaica, valorado como uno de los libros más originales de la historiografía mundial. Aquella “corónica” claro, fue abono fértil para que creciera la famosa “leyenda negra” que muchos historiadores españoles todavía hoy quieren negar o matizar.