LAS REVOLUCIONES DE INDEPENDENCIA DE AMÉRICA(1770-1830)

XV TESIS
SOBRE LA UNIDAD Y COMBINACIÓN
EN SUS DESARROLLOS DESIGUALES
(CRISIS, OPORTUNIDAD, CARÁCTER, MAGNITUD Y TRASCENDENCIA)

Estas tesis fueron elaboradas en el marco del curso virtual realizado con el auspicio
del Museo Nacional Histórico Sarmiento de Buenos Aires y su Asociación de
Benefactores
en dieciséis encuentros de dos horas cada uno desarrollados entre abril y
julio de 2024
y del que participaron inscriptos de diversas ciudades de Argentina y de
México DF.

En 2025 fueron presentadas en una conferencia ofrecida el 6 de octubre en la
Facultad de Filosofía, Humanidades y Arte de la Universidad de la Universidad Nacional
de San Juan
con el auspicio del Instituto de Historia Regional y Americana Héctor
Domingo Arias
y en curso de 6 (seis) módulos titulado “Revoluciones independentistas
americanas” dictado en la Sociedad Biblioteca Benjamin Franklin, primera biblioteca
popular fundada en Sudamérica en junio de 1867, entre los días 7 a 9 de octubre de 2025,
curso avalado por la Facultad e Instituto antes mencionados, aprobado como curso de
perfeccionamiento y Declarado de Interés Educativo por el Ministerio de Educación de la
provincia (Res. 00698 ME 2026) y declarado de interés municipal por el Concejo
Deliberante de la ciudad de San Juan
(Res. 4555)

A renglón seguido se presentaron también en una conferencia y conversatorio
dictado el 23 de octubre de 2025 en la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires,
organizado por el Instituto Superior de Formación Docente Nro. 156 Palmiro Bogliano.

Mi agradecimiento a todos los que, con sus oportunos señalamientos en los diversos
cursos y encuentros, permitieron esta formulación que considero ya una aproximación
sintética de las visiones elaboradas y constituyen un verdadero punto de partida para un
libro analítico y descriptivo sobre la cuestión en el que se desarrollarán los contenidos
expuestos a continuación con intención de ampliar el debate historiográfico sobre estas
seis décadas que conforman, a mi juicio, el período más revolucionario de la historia
moderna.

I

Con el trasfondo de la revolución industrial con epicentro en Inglaterra, y a
pesar de que las reformas borbónicas implementadas por la monarquía
española intentan modernizar al Antiguo Régimen y canalizar las inquietudes
de las nuevas burguesías surgentes en América, los procesos de la revolución
de las trece colonias norteamericanas y su constitución federativa, la
revolución francesa y su Declaración de los Derechos del Hombre y el
Ciudadano y la gran revolución antiesclavista de Haití –la mayor de ese
carácter de la historia mundial–, son el fermento de múltiples y diversos
procesos locales
de índole variada caracterizados por movimientos rebeldes
prerrevolucionarios tanto de negros africanos esclavizados, como de
aborígenes de muy distintas etnias y mestizajes y de sectores ilustrados de
las elites criollas americanas o particulares combinaciones de ellos.
Con el trasfondo de la revolución industrial con epicentro en Inglaterra, y a
pesar de que las reformas borbónicas implementadas por la monarquía
española intentan modernizar al Antiguo Régimen y canalizar las inquietudes
de las nuevas burguesías surgentes en América, los procesos de la revolución
de las trece colonias norteamericanas y su constitución federativa, la
revolución francesa y su Declaración de los Derechos del Hombre y el
Ciudadano y la gran revolución antiesclavista de Haití –la mayor de ese
carácter de la historia mundial–, son el fermento de múltiples y diversos
procesos locales de índole variada caracterizados por movimientos rebeldes
prerrevolucionarios tanto de negros africanos esclavizados, como de
aborígenes de muy distintas etnias y mestizajes y de sectores ilustrados de
las elites criollas americanas o particulares combinaciones de ellos.

II

Una primera manifestación de esos desarrollos económicos, sociales y
políticos desiguales es que el carácter capitalista de su conquista y
colonización desde principios del siglo XVI a manos de los principales
imperios mercantiles de la época (España, Portugal, Inglaterra, Francia y
Países Bajos) se concretó recurriendo a una variedad de modos de
producción única en la historia
que combinó el mayor esclavismo jamás visto
ni repetido –traslado forzado de cerca de 15 millones de personas y
apropiación de su descendencia–, con sistemas opresivo, semiesclavistas y de
servidumbre (encomienda, repartimiento, mita, yanaconazgo, doctrinas) de
la gran mayoría de las etnias originarias que doblegan, explotan o aniquilan a
cerca de 50 millones de habitantes convertidos en trabajadores semiesclavo.

III

Dadas sus inmensas extensiones y sus variados ecosistemas y climas –el
único continente que va de polo a polo– y porque se abre a los dos océanos
más extensos del globo, aspecto clave en las comunicaciones de la
modernidad, esta heterogeneidad en el orden de la producción generó
inéditas formas de propiedad –como el latifundismo casi sin límites–,
singulares relaciones de producción y de cambio, y superestructuras
políticas
combinadas entre poderes locales, regionales y centrales o
metropolitanos remotos e, incluso, experiencias novedosas –como las
misiones y estancias jesuíticas, las “reducciones de indios” o los palenques y
quilombos de los negros cimarrones–, con variantes regionales bastante
notables. Casi todas ellas, sin embargo –excepto las contadas experiencias
comunales autárquicas–, aunadas por el común objetivo de la extracción y
producción de materias primas para el mercado mundial, en particular en los
territorios ahora latinoamericanos: una certera unidad construida sobre
sociedades de una máxima complejidad. Dentro de esa variedad
predominante, en el Norte del continente –por el diferenciado carácter
económico y cultural de su colonización– se observan claras tendencias
favorables a construir un mercado interno de producción y consumo y
formas menos concentradas de propiedad de la tierra.

IV

Las diversas metrópolis y las enormes migraciones transatlánticas e internas,
por su parte, trasladaron culturas, idiomas, tradiciones y creencias originando
nuevas mixturas, mestizajes y sincretismos que derivaron también en clivajes
de nuevos grupos, castas y clases sociales
–rompimientos y enlaces nuevos–
refractarias a las existentes en los países de origen y que motivaron a la vez
inéditas y riquísimas combinaciones. El “Nuevo Continente” se convierte así
en un inmenso crisol de culturas y en el polo social más dinámico y
cosmopolita del mundo
que reúne poderes centrípetos y conservadores o
reaccionarios con potentes fuerzas centrífugas, permeables y potenciadoras
de “lo nuevo”, combinación que será fuente de repetidas situaciones críticas
de orden local o regional que se solucionarán tanto con luchas abiertas y
represión –en algunos casos, impiadosa– como con negociaciones,
originando también tiranteces y latencias.

V

Lejos del mito de una época tranquila, la era colonial transcurrida entre los
siglos XVI y XVIII –no podía ser de otro modo–, estuvo plagada de tensiones,
conflictos, enfrentamientos, alzamientos, invasiones territoriales y
desplazamientos y guerras abiertas que involucraron a los tres grandes
grupos sociales
–afros, aborígenes y “blancos”, con más sus mestizajes–
distanciando también entre estos últimos a los nativos americanos o criollos
de los nacidos en Europa. Ningún rincón de la América conquistada y
colonizada pudo colocarse al margen de esa violencia que generó múltiples
choques, algunos episódicos, y otros de mediana y larga duración.

VI

También fueron sistemáticos, tanto en América continental como el Caribe
insular, los enfrentamientos interimperiales por el dominio territorial y/o
económico o comercial
y la proliferación del contrabando, el vandalismo, las
intrigas y la piratería y las guerras de corso, elementos que agregaron una
dosis de permanente inestabilidad cuando no de directas conmociones,
movilizando recursos cuantiosos y replicando los alineamientos políticos de
las Casas Reales europeas o los ecos de sus revoluciones, en otro ámbito de
sus disputas, acuerdos temporales, alianzas tácticas y estratégicas y
acechanzas y especulaciones.
En consecuencia, nada de lo que suceda desde 1770 en adelante en América
será ajeno a los intensos acontecimientos políticos y militares de Europa.
Algunos episodios y guerras en el Viejo Continente tendrán correlato directo
con otros en el Nuevo Continente –que podrían considerarse sucedáneos–
mientras que otras –en particular, las ideológicas– influirán de modo más
refractario o parcial. (Este es un aspecto en el que deben evitarse
especialmente las miradas que traspolan situaciones y procesos de modo
lineal.).

VII

La invasión napoleónica de 1808 a la península ibérica derivó en una crisis de
orden continental
para casi toda América, muy directa en el mundo latino y
de modo más tangencial en el anglosajón. En Brasil –que, de facto, deja de
ser colonia–, se instala la casa real de Braganza mientras en el territorio
colonial hispánico un enorme edificio queda sin sustento real: los gobiernos y
autoridades coloniales se convierten en “fantasmales”, con vi-reyes, oidores,
gobernadores y capitanes generales –e incluso autoridades religiosas,
castrenses y administrativas como los tribunales– ilegítimos dado que no
tienen ya el respaldo de un rey en ejercicio. Entre la alarma, el malestar y la
indignación con las autoridades y poblaciones que se conmocionan, el
llamado “orden colonial” se subvierte y los cabildos y las variadas elites
criollas y americanas comienzan a jugar un papel protagónico, incluyendo
tanto alas aristocráticas, conservadoras o “continuistas” –algunas de ellas,
francamente gattopardistas– como desde nuevas alas liberales, fisiocráticas,
progresistas, democráticas e incluso indigenistas que intentan, reuniendo un
abanico de posiciones y grupos sociales entre oligárquicos y plebeyos,
despojarse de lo esencial de la estructura política dominante en el Antiguo
Régimen. Todos esto contingentes sociales integrarán en un principio un
multiforme frente único de torrentes, como es habitual en los primeros
tramos de todo proceso revolucionario en las que suele primar la acción
unitaria de sectores diferenciados que de modo consciente –o por vía de los
hechos– dejan para más adelante el dirimir sus diferencias.

A mediados de 1808 en toda Hispanoamérica se abre una situación
prerrevolucionaria
, proceso que en Buenos Aires y el virreinato del Río de la
Plata se había adelantado como consecuencia de la derrota a los dos intentos
de invasión inglesa, el armamento de las milicias criollas y la destitución del
virrey y la designación de otro – “local”–, en febrero de 1807.

VIII

En España, las Juntas locales y su Junta Central Suprema Gubernativa del
Reino, y el posterior Consejo de Regencia de España e Indias que convoca
las Cortes
, intentan ocupar el vacío político a nivel de todo el extenso
imperio –incluyendo las lejanas islas Filipinas, parte formal del virreinato de
Nueva España con capital en México, aunque ubicadas casi en las antípodas
de la península ibérica– pero no logran legitimarse en América como “nueva
soberanía
”. Recién en 1812 se darán, en Cádiz, una constitución. En paralelo,
las elites criollas comienzan a plantear el principio de “retroversión de la
soberanía en los pueblos
”. Se cumple entonces la frase que afirma que
“cuando los de arriba no pueden (gobernar) y los de abajo no quieren (seguir
como hasta entonces) se abre una situación de revolución política y social,
en este caso de orden continental.

IX

La “oportunidad” abierta, estalla en América hacia abril de 1810 cuando
distintas localidades americanas se anotician que el Consejo de Regencia se
ha trasladado en enero a la isla de León lo que agudiza la crisis de poder y
representatividad del régimen monárquico español. En lenguaje de Cornelio
Saavedra, el presidente de la Primera Junta de Buenos Aires, un hombre
moderado pero importante comerciante regional, las “brevas maduran”.
Como dinastía hispanocriolla descendiente de los primeros colonizadores, los
Saavedra expresan, en esencia, lo mismo que muchas otras elites,
autoridades medias y burguesías regionales americanas que hacía años que
anhelaban y bregaban una mayor cuota de autogobierno, aunque no
pensaran aún en una completa ruptura con el Antiguo Régimen. En efecto, el
traslado del Consejo de Regencia a la isla de León implicaba la toma de
Málaga, capital de Andalucía, por Francia –último bastión del realismo
español–, ocupación que se prolongará dos años, hasta la evacuación
napoleónica a fines de agosto de 1812. Con este hecho la situación
revolucionaria
se convierte en crisis revolucionaria por la vacancia (vacatio
regis y vacatio legis) o vacío de poder. En toda América hispana se disparan y
multiplican los estallidos de insurrecciones urbanas, la mayoría de ellas,
pacíficas” (aunque sostenidas en armas y movilización de sectores de la
“plebe” urbana y/o rural).

X

Iniciados con intentos locales en 1808, se multiplican ahora los
movimientos juntistas de autogobierno e, incluso, de independencia,
conformando una primera oleada revolucionaria
que la contrarrevolución
logra dominar, con desigualdades, por lo general hasta 1815. Los términos
que dominan entre 1810 y 1814 son revolución-contrarrevolución y la
realidad se divide en campos
sociales y políticos mientras se incuban, a la
vez, procesos de tensión y disputa entre poderes locales autonómicos de
corte federalista o confederal que enfrentan las aspiraciones centralistas, y
de autonomías locales proceso que se continuará en las siguientes décadas
de conformación de los futuros estados nacionales.

XI

En 1815 el previo retorno de Fernando VII al poder y la definitiva derrota de
Napoleón
cierran el vacío de poder en Europa y, respecto de América,
plantean una contraofensiva realista con el respaldo de las casas reales
europeas reunidas en la Santa Alianza, mientras Inglaterra juega un papel
ambivalente pero que “deja correr” a los movimientos insurgentes. Las
guerrillas rurales y las “guerras de recursos” aparecen como una opción de
resistencia fragmentada en casi todo el continente y la revolución entra en
una nueva fase, básicamente militar y de replanteo de su estrategia global;
la sociedad criolla se militariza, revolucionando aceleradamente el contexto
social y la vida cotidiana
de los habitantes de América, tanto en las ciudades
como en los más recónditos ámbitos rurales, selváticos y montañosos.

XII

Desde la segunda mitad de 1816 y 1817, con las campañas del “Plan
continental” dirigidas por San Martín y Bolívar, se abre y desarrolla en
Sudamérica la guerra continental hasta 1824 tanto bajo formas
irregulareso montoneras con conducciones de tipo caudillesco, como en
otras estructuras profesionalizadas e institucionales
–y combinaciones de
ambas– las cuales, por cierto, no dejarán de recelarse repetidamente y en
diversas geografías. Con particularidades y leves desfasajes temporales,
similar secuencia se observa en México y Centroamérica, no así en la
mayoría de las islas del Caribe a excepción de Haití-Santo Domingo, que sigue
un crítico rumbo propio y, en el sur, el Paraguay, que desde 1811 despliega
un camino prácticamente ajeno a la deriva del resto del continente
hispanoparlante.

De lo anterior se desprende que en cuanto a lamecánicainterna de los
procesos revolucionarios
–que son muchos y uno solo– se observan dos
etapas
claramente identificables. En la primera, priman los movimientos
espontáneos
como respuesta a una situación política crítica con acciones
moleculares, locales o regionales que, sin bien presentan rasgos similares –
levantamientos y asunción del poder en Juntas con las “patrias viejas
/bobas”, primeros ejércitos, guerrillas, ruralización–, no están articuladas,
admiten una gran variedad de perspectivas ideológicas y empujan a muchos
de sus dirigentes a ir más allá de sus intenciones iniciales. En la segunda,
sobre todo en Sudamérica, es evidente la potencia que toma la lucha
libertaria al ponerse en marcha el llamado “Plan Continentalliderado por
las logias revolucionarias
identificadas con una base de principios como la
independencia, el fin de los privilegios señoriales, la libertad de prensa y
circulación de textos –con “censura revolucionaria”–, el principio del fin de la
esclavitud y la revalorización de la carrera militar, entre otras.

XIII

A. En conjunto, y más allá de ritmos y desigualdades –y excepción hecha del
Brasil que derrota todo intento republicano–, la combinación de un proceso
de orden continental
y la dinámica propia de una guerra antimonárquica
abre camino a la construcción de repúblicas constitucionales, más allá de la
ideología monárquica –o monárquico-parlamentaria “a la inglesa”–
dominante en la mayoría de sus líderes. En consonancia con los ritmos
atlánticos se produce una polarización en cuanto a los regímenes políticos
predominantes: mientras Europa asiste, en 1830, a nuevas revoluciones
democráticas que al ser derrotadas fortalecerán a las monarquías, en
América, no exenta de disputas territoriales en todo el continente, se
consolidan formas constitucionales republicanas más o menos
democráticas y/o colegiadas como tras, dictatoriales y unanimistas
por
peso propio de la fuerza armada, y más o menos federales o unitarias
admitiendo, en los países de mayor extensión, expresiones también
federativas al estilo norteamericano incluyendo serios intentos de
confederaciones regionales
como en la Gran Colombia (1819-1831), los
varios intentos en Centroamérica –Provincias Unidas y República Federal–
(1823-1841), el Congreso Anfictiónico impulsado por Bolívar y celebrado en
Panamá en 1826–, las indeterminadas “Provincias Unidas en Sudamérica”
independizadas en Tucumán en 1816, el Primer Gran imperio de Agustín I de
Iturbide en el México de 1822-1823 y la postrer Confederación Peruano-
Boliviana (1836-1839).

B. En contraposición, en el plano económico social, mientras Europa
desarrolla su capitalismo industrial y genera una dinámica clase obrera
ciudadana, en la mayoría de América predominará durante buena parte del
siglo el modelo agrominero exportador de materias primas sosteniendo
incluso, aquí y allá en distintos puntos de la América continental e insular,
formas esclavistas o semiesclavistas de producción durante varias décadas
más y en algunos casos, como Cuba y Brasil, hasta finales del siglo. El prisma
atlántico exhibe así una bifurcación distanciando los modelos económico-
sociales y productivos de los regímenes políticos imperantes y reafirmando el
papel de metrópolis de la mayoría de los países europeos como, a la vez, las
estructuras dependientes de las nuevas repúblicas americanas
, a excepción
de los Estados Unidos que comienzan a postularse como otro imperio global
cuando tempranamente, hacia 1823, enuncian su máxima geopolítica de
“América para los americanos”, papel que escalan en 1846 con la firma del
Pacto Mallarino-Bidlack o acuerdo de Panamá (por entonces, Nueva
Granada) y el Tratado de Guadalupe Hidalgo de Estados Unidos y México de
1848 y confirmarán con toda nitidez cinco décadas después, hacia 1898,
cuando saca patente de potencia imperialista mundial al derrotar al imperio
español en Cuba, Puerto Rico y las Filipinas.

C. En síntesis, mientras Europa sostiene sus monarquías con base a la
combinación de su desarrollo industrial y la explotación del mundo colonial,
semicolonial y dependiente –colonizando y ocupando ahora el resto del
planeta–, la mayoría de América construye repúblicas con formas productivas
que podrían reconocerse como precapitalistas sobre todo en cuanto a los
regímenes de tenencia de la tierra, aunque integradas per se al mercado
mundial controlado básicamente por los imperios europeos y, después,
también los Estados Unidos, agudizándose las tensiones y contradicciones de
la combinación de sus desarrollos desiguales. Por otro lado, la independencia
política conquistada en esas seis décadas de lucha continental y sus
conquistas de regímenes constitucionales autónomos retrovierte en
dependencia económica, la que deriva, a su vez, en pérdida de buena parte
de esas mismas autonomías que en buena medida se convierten en formales.

XIV

Por fin, frente a toda mirada eurocéntrica –predominante aún en la
historiografía mundial– es preciso subrayar
a) Que las peculiaridades regionales del proceso revolucionario americano,
enriquecen un proceso general único que con sus matices y disritmias
fortalece, a su vez, a las luchas localizadas o regionales y a las reivindicaciones
sociales y políticas y los derechos humanos de amerindios y afroamericanos.
b) Que en ellas es nítida la influencia clave de la pionera revolución de los
Estados Unidos
, sus postulados ideológicos y su participación concreta –física,
militar, comercial, diplomática, ideológica–, obrando e interactuando en
conjunto con el liberalismo, el iluminismo, el contractualismo y la masonería de
matriz europea y las nuevas ideas de libertad de los hombres y derechos de las
personas y los ciudadanos.

XV

Los sesenta años que van de 1770 a 1830 son, geopolíticamente hablando, los
más revolucionarios de la historia desde los tiempos de la modernidad
–las
transformaciones globales de finales del siglo XV y la primera mitad del XVI–, y
como mínimo, hasta la posguerra abierta en 1945
, que repetirá –un siglo y
medio después, destaquemos– procesos similares de independencia,
anticoloniales y continentales, en África y Asia; afirmación que sostenemos
siempre que se acepte que el período de la primera posguerra mundial de
1917-1924, con la revolución rusa como insignia (y los procesos abortados de
Alemania, Hungría e Italia entre otros), fueron básicamente un fenómeno
localizado y constatable en Europa continental, aunque su poderoso impacto
tuvo, a todas luces, repercusiones de orden mundial, desde Argentina a China.*

* Aunque, sin duda, es imposible entender al mundo del siglo XX sin considerar como un hito clave a
la revolución soviética que cruzó los Urales hasta los confines de la Siberia y su consiguiente guerra
civil de 1917-1921, ya hacia 1927 la reacción y la contrarrevolución –el fascismo y el estalinismo–
ahogaban el curso revolucionario y se consolidaban en todo el Viejo Continente como en casi todo el
resto del mundo colonial y semicolonial de África y Asia e, incluso, buena parte de América que había
sido sacudida por la revolución mexicana desarrollada entre 1910 (Plan de San Luis) y 1917 y la
sucesión de asesinatos de sus líderes: Emiliano Zapata en 1919, Venustiano Carranza en 1920 y
Francisco Villa en 1923. Apuntemos, para concluir, esta otra “disritmia” del modelo eurocéntrico: así
como la revolución burguesa de los Estados Unidos anticipa la francesa, así también la mexicana,
obrera y campesina, es previa a la rusa, de similar carácter clase.